Aurora boreal
Revista de revistas (1 febrero 1920)
Joyelero (Oslo, 1922)
En camino (Revista de revistas, 4 enero 1920)
Otra vez me dirijo hacia tierras ignotas,
Y miro, siendo presa de encontrados anhelos,
Pañuelos que parecen palpitantes gaviotas,
Gaviotas que se agitan como blancos pañuelos.
Ayer era el Japón de encantos tropicales
El que me seducía con su rara hermosura,
Hoy es Noruega, donde las auroras boreales
Iluminan la nieve de inviolada blancura.
La costa poco a poco se pierde en una malla
Vaporosa, del pecho arrancando un suspiro,
Después solo se advierten el cielo y una valla
Que eleva ante la vista su ondulante zafiro.
Por el líquido páramo se desliza la nave
Con su quilla de acero desgarrando las ondas,
Y avanza, avanza, avanza con la prisa de un ave
Fatigada que busca la quietud de las frondas.
El sol se hunde en el mar como un globo de iridio,
La fría luna surca los cerúleos desiertos,
Y cuando no me enerva el porfiado fastidio
La vigilia me tiene con los ojos abiertos.
En los grises minutos incrusto fantasías
Que coruscan con brillos cintilantes y vanos,
El ayer en mi frente pone melancolías
Y el mañana me abruma con su peso de arcanos.
Una imagen querida de candor peregrino
Que aun parece más blanca con su traje de duelo,
Me entristece y me arroba, como el astro argentino
Que cruza las inmensas soledades del cielo.
Ya aparece la línea de la playa escocesa,
Ya asoman a lo lejos los precisos perfiles
De los montes noruegos que asombran con su espesa
Vestidura de pinos y sus agrios cantiles.
Frisca el nevado lino de las nubes devana,
Desfrunce el padre Odín su semblante sombrío,
Y al sentir el aliento de la fresca mañana,
Todo el fjiord de Christiania se estremece de frío.
Nocturno
Con triste lentitud la luna boga
Sobre la masa negra de los pinos,
Y están con una envenenada droga
Mezclados sus reflejos argentinos.
Cruza el espacio dolorosa y muda,
Vestida con su luz como un sudario,
Y con el desconsuelo de una viuda
Que se acerca a su lecho solitario.
Así un escudo de luciente plata
Campiña y fjord sumerge en una hipnosis
De profunda quietud, las lenguas ata
Y el alma contamina de neurosis.
Tu mal comprendo y tu quebranto es mío,
Satélite espectral, porque estoy solo,
Y tiemblo más de olvido que de frío
Aquí en este país cerca del polo.
Como en ti en mi espíritu no hay ecos
De dulces flautas ni de risas locas,
No más que la aflicción de mares secos
De simas negras y erizadas rocas.
Jamás descansas en tu viaje largo
Ni una rada columbras, y sedienta
Pugnas por atraer el golfo amargo
Para mojar tu boca macilenta.
Los astros de magnífica blancura
Que tachonan el cielo cristalino
Alumbran con su luz tu noche oscura;
Mas no harás con ninguno tu camino.
Y sigues, sigues, sigues tu sendero,
Transida por los hálitos polares,
No logrando con tus lanzas de acero
Conquistar un albergue en los pinares.
Para escudar tu blonda belleza
Para escudar tu blonda belleza de los crueles
Rigores del invierno, ya te han dado sus pieles
Las tierras que guarnecen el frío septentrión,
Y sus sedas preciosas la China y el Japón.
Atavíos no obstante forjará mi ternura
Que realcen y abriguen tu sensible blancura;
Mas no serán de armiño, más albos que los copos
De nieve, ni del gris ropaje de los topos;
Ni del café vestido de la nutria, más grata
Al tacto que la felpa, ni de zorros de plata.
Yo te ofreceré una brillante palatina
Que ciña dulcemente tu garganta divina;
Un sedeño manguito de bullones tan suaves,
Que a él irán tus manos como al nido las aves;
Un manto para el mármol de tu espalda pagana
Por su riqueza, digno de una soberana;
Muelles galas de mimos forradas de caricias,
Que cubran el milagro de tus formas patricias.
En las largas veladas, mientras ulula fuera
El frío como un lobo, yo encenderé una hoguera
Con mi vivo deseo y mi ansia infinita,
Y verás de qué modo se retuerce y se agita
Lanzando llamaradas de diabólico brillo,
Al ver la tentación de tu grácil tobillo.
En tu alcoba arde con profundo recato
Una lámpara verde, como un ojo de gato,
Yo te pondré una bata del tejido más fino,
Almohadas de pluma y de cándido lino;
Pesados edredones de damascos espesos,
Y todos estas ropas tramadas por mis besos,
Al envolver tu cuerpo de radiante hermosura,
Toda la larga noche temblarán de ventura.
El tirabuzón 1
Ven en mi trineo ferrado y estrecho
Por la pina cuesta del Tirabuzón;
Es noche de luna, mi brazo derecho
Sabe con destreza regir el timón,
Y con mi otro brazo cercaré tu pecho
Percibiendo el ritmo de tu corazón.
Las ráfagas frías de aire cristalino
Calmarán de nuestras bocas la avidez,
Y la exaltación que produce el vino
No será tan dulce como la embriaguez
De recorrer juntos el curvo camino
En alas del vértigo de la rapidez.
Los pinos se elevan como un doble muro
Mostrando un suntuoso vestido nupcial
En vez de su sayo sempiterno y duro,
Y por el crujiente piso de cristal
Que manchan las sombras con su tono oscuro
Marcharemos raudos como el vendaval.
Por besar osado tu trenza dorada
Del timón acaso descuide el desliz,
Y rodando juntos sobre la esponjada
Nieve que se antoja mullido tapiz,
El son argentino de tu carcajada
Callaré con labio trémulo y feliz.
Está guarnecido de riesgos el blanco
Sendero que finge nítido mantel;
Lo esconde la curva, lo oprime el barranco,
Y cuando el trineo parezca un corcel
Que salta, más fuerte ceñiré tu flanco
Sintiendo la tibia seda tu piel.
Ven en mi trineo ferrado y estrecho
Por la pina cuesta del Tirabuzón;
Es noche de luna, mi brazo derecho
Sabe con destreza regir el timón,
Y con mi otro brazo cercaré tu pecho
Percibiendo el ritmo de tu corazón.
Nievecita
Nievecita que prendes tus candores polares
En las rígidas ramas de los verdes pinares;
Estrellita que pones en la toca sombría
De la noche, tu límpido destello de alegría;
Foguezuelo que esparces en las largas veladas
El calor jubiloso de tus llamas doradas;
Yo he visto con arrobo tu inviolada blancura
Que cubrió de los montes la lóbrega espesura;
Tu brillo en las tinieblas cual tupido crespón
Me atrajo con la magia de una nueva ilusión,
Y al amor de tus luces, gárrulas y ondulantes,
Transcurrieron las horas como breves instantes.
Velloncito de oro, princesita noruega,
Por quien mi alma triste de júbilo se anega;
de rosadas mejillas como frescos capullos
Que se encienden porque oyen del aire los murmullos,
Y de tímidos ojos, azules como el cielo,
Que tras la áurea pestaña se asoman con recelo;
Cómo bajo el hechizo de tu dulce sonrisa
El invierno hiperbóreo ha pasado de prisa!
Más que el sol vespertino, tu sombrero encarnado
Alegró el desconsuelo del paisaje nevado,
Y en un edén florido trocaste la montaña,
Con tu gracia de virgen silenciosa y huraña.
Y mientras en el día melancólico y breve
En pos de ti vagaba por los campos de nieve;
Cuando en los plenilunios descollabas más bella
Y más pura a mis ojos que una cándida estrella;
En tanto que el el ocio de las noches tranquilas,
Te miraba en acecho de tus tiernas pupilas,
Tu fragante belleza ofuscaba el aliño
Que vestía los árboles de túnicas de armiño;
De mi vida alumbrando la negra soledad,
Eras como un lucero blanco en la oscuridad,
Y al fulgor de tus ojos que disipan las penas,
Palpitaba de dicha la sangre de mis venas.
Cimas de la Rondana (en Gronvold)
Raso en los plenilunios, plata bajo la gloria
Del sol, guías constantes de nuestra caravana,
Grabados para siempre quedáis en mi memoria,
picos del Jotunheim 2, cimas de la Rondana.
Por las suaves laderas de alabastro luciente
Que recuerdan las líneas de los hombros nevados,
Camino contra el viento que refresca mi frente,
Con mis largos patines y mis leves cayados.
Valquirias de ojos zarcos, hadas de blondo pelo,
Que animáis el albor de la yerma llanura,
Ya los soles de Pascua colmaron vuestro anhelo,
Quemando con sus rayos vuestra láctea blancura.
En la huta pequeña y tibia como un nido,
Bellas manos sazonan deliciosos manjares,
Y mirando las llamas del hogar encendido,
Dejo correr las horas de las noches polares.
TRADUCCIONES
Mod snelandets hytter… (Ibsen)
De la playa que al sol reverbera
a las hutas del Norte nevado,
cada noche en rápida carrera
se encamina un jinete enlutado.
Poema «Brændte skibe».
El eider (Ibsen)
En la fría Noruega, bajo el cinéreo domo
del cielo, mora el eider en el golfo de plomo.
Y en su buche privando del plumaje mullido
construye con paciencia un tibio y blanco nido.
El pescador que tiene cual piedra el corazón
despoja el blanco asilo del precioso plumón.
Pero si el hombre es duro es amorosa el ave
y otra vez de su cuerpo quita el copo suave.
Si de nuevo el tesoro de sus plumajes sutiles
pierde, labra otro nicho en los rudos cantiles.
Y si también le hurtan su riqueza postrera
abre las alas una noche de primavera.
Y hacia el sur, hacia el sur brillante se encamina
con su llagado pecho rasgando la neblina.
Libro de inéditos Vislumbres (2009). Edición, prólogo y notas de José Félix Meneses Gómez.
- Se trata de Korketrekkeren. La bajada en trineo en esta pista la cuenta Rebolledo en Saga de Sigrida la Blonda (1922) ↩
- Jotunheimen es el nombre de una gran cadena montañosa de Noruega. ↩