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José de Orueta: Memorias de un bilbaíno (1870 a 1900)

Memorias de un bilbaíno, 1870 a 1900 / José de Orueta. San Sebastián : Nueva Editorial, 1929. Orueta repasa algunas familias noruegas que se instalaron como colonia comercial en Bilbao. Es muy interesante desde una perspectiva imagológica.

En noruegos y suecos también hemos tenido colonia y, en gran parte, adaptada y fundida ya en Bilbao por sus enlaces. Don Hilario Lund fué de los primeros y más importantes noruegos que se estableció para el comercio de productos de su país, madera y bacalao, tomando su casa grandes vuelos y con resultado. Don Hilario fué un señor alto, rubio y bondadoso, tipo clásico escandinavo y que, expansivo y generoso, se captó siempre las simpatías generales; fué muy amigo de don Emilio Castelar, a quien tenía en admiración. Casado con una señorita buenísima, íntima amiga de mi madre, doña Juana de Ugarte, tuvo una descendencia con sello escandinavo, toda ella inconfundible. Su hijo mayor, Hilario, fué amigo íntimo nuestro y queridísimo. Una noche de Navidad, en ¡os tiempos de nuestras capillas, después de cantar ¡a misa dei gallo en los Carmelitas de Begoña, bajamos a Bilbao; alguien tenía un silbo o una ocarina y a la una y media de la madrugada se nos ocurrió bailar un aurresku en la plaza de Santiago. En ello estábamos cuando, del fondo de la noche brumosa y de la calle Bidebarrieta, vimos atravesar, a escape, una camilla cubierta, llevada en hombros, y varias personas apresuradas detrás, en dirección a Achuri. Alguien se destacó de nuestro grupo y, preguntando, supimos por él que un dependiente de casa de Lund, herido en accidente, era conducido al Hospital Civil. A! dfa siguiente supimos toda la verdad. Hilarlo, nuestro querido amigo, después de una alegre cena de familia, festejada doblemente en su casa por recuerdo de un gran premio de lotería en igual fecha de ctro año, había sido victima de un accidente mortal, nunca bien explicado en sus causas.
Para todos nosotros, que ¡e queríamos entrañabíemente, fué una gran pena y para la familia un golpe espantoso. El pobre don Hilario apenas levantó cabeza ya y se fueron con «Hilarito> todas sus alegrías y expansiones.

Otra hija, Juana, casó con nuestro querido amigo don Aniceto de Achúcarro, de quien ya se habla en otro lugar de este libro como médico y gran aficionado a la música, y su descendencia ha sido de frutos brillantes, sobresaliendo el malogrado doctor Nicolás Achucarro, de tan corta pero brillante historia en la medicina española; otra casó con Pedro Clausen, noruego también y que fué socio de la casa; y oíro hijo menor, Luis, a quien apenas tuve ocasión de tratar, vivió varios años después, dejando descendencia.

El señor don Pedro Clausen era también afable, fino y bondadoso, de gustos sencillos y familiares y tuvo amistad con don Otto Kreizner, el mismo alemán antes citado.

La de Mowinckel fué también oíra familia noruega interesante de esa colonia. La primera generación debió ser muy antigua; y al fijarse en Bilbao, algún otro hermano lo hizo en Santander, donde hubo otra rama dedicada también al mismo negocio del bacalao y la madera. Los padres murieron o marcharon a Noruega, no lo sé, y, mientras, la casa seguía en Bilbao. De los hijos, y de chicos, conocí a Gerardo y Conrado y a una muchacha hermana, algo mayor que ellos, preciosísima y que también llamaba la atención como belleza en Biarritz, en 1874, a donde emigraron durante el bombardeo.

Pasados algunos veinte años, los dos muchachos, recién casados, volvieron a Bilbao; primero, el uno y, luego, el otro a ponerse al frente de su casa. Conrado, que vino el primero, recuerdo nos dió a sus antiguos amigos y tos de su familia, una comida memorable, a la que asistió Pacho Gaminde, que era un entusiasta de Noruega.

Nos recibieron él y su esposa, que era una simpática muchacha noruega, llamada Elga, y, reunidos los invitados, que éramos diez o doce, pasamos a un gabinete inmediato al comedor, donde una
mesa llena de aperitivos del Norte hacía de prólogo. Platos de caviar, arenques, pescado ahumado y todo género de preparados picantes y fuertísimos se rociaban con aguardiente de Danzig, Ginebra, aguardiente ruso y ot^os explosivos, en los que su fuerza expansiva natural estaba aún reforzada con pimientas de todas partes, mostazas y amargos. Una buena sentada en la mesa del prólogo y
ya tirábamos humo al pasar ai comedor, donde con toda solemnidad nos sentábamos alrededor de una mesa, preciosamente adornada, y donde cada comensal tenía enfrente de sí unas doce copas de varios tamaños, formas y colores, como índice de la música que había de envolver la suculenta letra de aquel magnífico drama lírico. Unas sopas de cangrejos y rabo de buey, bien sabrosas y picantes también, para ponernos a tono, y luego… una serie de platos fuertes con otros de legumbres, salsas y adornos que no tenía fin y que, porno ser prolijo, diré solamente que duró en su sucesión tres horas
largas y que, seguramente, las boas, al prepararse para su sueno de
todo el invierno, no llegan con mucho a lo que para nosotros fué la
provisión de aquel día. Esto en la letra, en lo sólido; porque en la
música, en lo líquido, yo’no he visto en los días de mi vida nada parecido a lo que allí nos presentaron de beber los amos generosos de
aquella casa. Ya he dicho lo de las doce copas, todas llenas por turnos
y rellenas aun después del turno y en cuanto estaban vacías, pero
esto era lo de menos, pues esa era la pitanza voluntaria de cada
uno, encima de ia cual habfa la oficial y obligatoria y que consistía
en lo siguiente: Apenas ingerida la sopa, el dueño de la casa, después de una amable alocución, que empezaba y terminaba con el famoso Sckoll, tomó un enorme cuerno de búfalo o no sé qué otro
animal bovino y que hasta entonces estuvo sobre el aparador; este
cuerno tenía un aro de plata en su parte ancha extrema, donde estaban grabados los nombres y fecha de la boda de los anfitriones;
otro aro, como cintura, en el centro, daba apoyo a dos grandes
patas de ave, también de plata, y su punta, que se apoyaba en la
mesa forrada del mismo metal, hacían, para el conjunto, un apoyo
con el borde hacia arriba. Conrado descorchó dos botellas de champagne, con las que llenó el interior del cuerno y, después del Sckoll
final y del saludo, él y su mujer bebieron de él, pasándolo para igual
formalidad al primer invitado, haciendo lo mismo éste y, así, de
uno a uno, en ronda, hasta volver al dueño de la casa. Este bebía
otro trago, volvía a pasar y, así, durante toda la duración de la comida, siguió circulando sin cesar por la mesa el cuerno, con la sol?
intermitencia a que obligaba el volver a llenarlo cuando el interior se
vaciaba.
Es de advertir que, según la leyenda norteña, que allí se citó, la
felicidad de los cónyuges dependía de nuestra resistencia en aquel
trance y, por tanto, era imposible negarse a consumir turno, so pena
de grave descortesía. Toda la defensa posible era el pequeño retraso por ocupación bucal y el cerrar prudentemente los labios al levantar el cuerno y el codo con él.
Pacho decía que con aquello del cuerno más que borrachos llegaríamos a estar ahogados, pero que comprendía que para apagar lo
de los arenques y cangrejos con aguardiente, que decía le andaban
ya como cohetes en ¡a tripa, ya hacía falta aquella bomba muñidpai, que hacía, además, de pedal de órgano en la fiesta.
Después de la comida el café, los licores y de nuevo los aguardientes.
AI levantarnos, después de las tres horas, en la mesa del prólogo
y de los aperitivos de antes sendas filas de botellas de cerveza,
jarras y vasos, con o sin tapadera, nos esperaban hospitalarias, Invitándonos a aplacar la sed. Nos sentamos una hora más y al levantarnos, ya de noche, decía Pacho, en guasa, a todos que no se fueran, porque en Noruega, a donde él solía ir y por eso sabía, era de
muy mal gusto y estaba mal visto el no quedarse a cenar en la casa
en que ha sido uno invitado a comer. A pesar de ello, salimos, después de dar las gracias por tan espléndido banquete y ya entrenados
para viajes a Escandinavia.
Conrado y su señora pasaron tres o cuatro años y se fueron a
Noruega, viniendo a sustituirlos Gerardo, su hermano mayor, con
su señora, distinguidísima, sportiva, especialmente en náutica, y con
distinciones por ello del Rey de su país; y tan agradables y simpáticos los dos, como sus hermanos que les precedieron. Los frecuentamos bastante y se identificaron mucho con la vida de Bilbao, marchándose también a su país dos o tres años después y dejándonos
grato recuerdo.
Don Federico Langoor y su señora Rajna, director él de «La Compañía de Maderas*, fué también un matrimonio de noruegos, muy
simpáticos, finos y agradables. Vivían en la casa transportable de
madera, que antes he citado, en frente de la Salve y final de Uribitarte. Yo les traté algo, y conservo muy buen recuerdo, pero Pacho Gaminde era muy asiduo. Solía ir por las noches a hacer tertulia a su
casa y llegó a tener muy estrecha amistad. Los veranos los pasaban
en gran parte en Noruega y en una hermosa posesión dentro de un
precioso «fjord>, no lejos de Cristianía. Pacho fué varias veces con
ellos y a la vuelta nos contaba las maravillas y sus entusiasmos por
aquel país, donde «en verano no saben cuándo dormir las gallinas
porque es un día perpetuo, y en invierno, como todo es noche, hay
que cenar fres veces, jugar mucho al tresillo y dormir mucho>.

Conservo de él una preciosa enría de allí escrita y que firma «Calón*, nombre de un rico minero de entonces; costumbre que tenía en
casi todas sus carias y adoptando nombres variados de millonarios
y poderosos. En ella, y después de unas descripciones efusivas del
país, en donde según dice: «no sube ni baja la marea y no hay botas
viejas, ni galos muertos en la orilla y es todo una presfosidad»; se
extasía ante e! hecho de haber visitado la cárcel de Cristiania, toda
limpia y relucíeníe, y donde en aquel momento no había ningún preso, porque según él, «nadie meresía en el pueblo. |Ya ves qué felises/>, añade, y termina: «En este momento vengo de acompañarle a
Adscr una visita a Rajna, y mientras ella dentro de la casa visitaba,
yo he estado fuera paseando y comiéndome ¡a pared que era de frambuesas. jY pensar que nosotros creíamos que aquí no hay más que
bacalaol
»Adiós, recuerdos a todos esos. Pronto iré a tomar horchata y al
palco con vosotros. Tuyo, Calón*.
Otros noruegos, todos ellos muy agradables, hubo que yo apenas
conocí, dependientes de las casas de Lund y Mowinkell, que vivieron
muchos años y se hicieron bilbaínos ya de hecho; de entre ellos traté
y conocí a uno llamado Hans.
Y por último, los Suizos. Yo no conocí más que de vista a los
que de ordinario aparecían en los mostradores del café y pastelería
de su nombre y fundación; pero debieron ser éstos gente muy amable
y que tenía muchas simpatías y relaciones en Bilbao. En mi época,
Antonino Mayor era uno de los de su mayor intimidad y hacía con
ellos íertulia en repostería y cocinas. Si, como parece cierto, el café
de la Plaza Nueva lo fundaron en 1811, han sido varías las generaciones que han pasado por ahí, hasía los últimos que fueron sus poseedores. Son, por tanto, dignos de señalarse por su antigüedad y
su obra entre las colonias extranjeras en Bilbao.
El famoso y antiguo letrero pintado en lienzo, que aún se conserva en la entrada del café primitivo y por los arcos de la Plaza Nueva,
señala esa fecha, y era mofivo de admiración para nosotros, de chicos. Dos camareros con sendas palillas rubias, de gorra, frac cruzado, paníalón corto de seda, con sus mandiles delante, sostienen
con una mano el cartel y muestran con la otra al curioso el texto de

SU leyenda, escrito en caracteres italiano, primero; de cursiva inglesa,
luego, y góticos en la última línea, y que dice así:
Café Suizo y Pasteierfa
de M atossy y C o m pañía
fábrica de toda clase de licores
y venden vinos generosos
españoles y extranjeros.
A los lados de ambos camareros hay en una mesa, a la derecha,
algunos adminículos de servicio y, entre ellos, un pastel, montado en
forma de kiosco, con cuatro columnas, y en el otro lado, además de
unas copas y botellas de formas y colores atrayentes, una bandeja
con sendos helados o sorbetes blancos, cremas y rosas que surgen
de las copas en penachos rizados, que nos embobaban, haciéndonos
relamer de gusto al contemplarlos.
A juzgar por el letrero, los fundadores eran de una honradez exquisita. Hoy no se atrevería ningún establecimiento de su clase a
anunciar que fabrica sus licores, ni aun para convencernos que son
de confianza; y tienen que ser de Holanda, Escocia, Francia o el
Báltico, para ser, como exige la clientela, legítim os. Pero, además de
la honradez declarada, debieron ser de mucha probidad en cuanto
a las calidades y factura de todo cuanto vendían, que era superior.
Pronto les valió esto justa fama, y así, de este primer café bilbaíno,
se propagaron por toda España y, años después, no había capital de
provincia en ella sin su café Suizo correspondiente.
Más adelante, la razón social pasó a ser «Matossy, Fanconni y
Compañía», y aunque este segundo nombre, como el primero, son de
origen italiano, debió ser suizo también el nuevo socio y ‘ambos
de esa región fronteriza de cuatro naciones y que de antiguo tiene
fama de producir grandes hoteleros, restauradores y cafeteros.
y yo no sé si serán recuerdos ilusorios, pero puedo decir por mí,
que como aquellos Oporío, Moscatel, Málaga, y aquellos Anisete,
Rom y Cognac del Suizo viejo, no he vuelto a paladear más.
Recuerdo de un famoso Rom, en botellas redondas y bajas, que
cuando la fuerte grippe (dengue) de 1894-96, hizo furor como remedio infalible para reaccionar, traspirar y curarse después de un letar­
go encanfador. Y fambién, que en tal ocasión llevé una de ellas a un
Ingeniero alemán de Zorroza y amigo, a quien encontré muy postrado. Le dejé la famosa botella y al día siguiente me dijo que, después de vaciarla a tragos, había pasado la noche soñando que él era
una locomotora, con escapes de vapor por todas partes y hasta con
calor y silbidos apropiados, encontrándose después feliz y tranquilo
y complctamenfe curado.
En cuanto a la pastelería y bombones ya he hablado de ellos con
otros motivos y me relevo de más elogios, con sólo repetir que eran
excelentes.
Así, pues, e! café Suizo en Bilbao, con sus excelencias, llegó a ser
una institución. A su alrededor se agruparon luego el Club de Regatas y la Sociedad Bilbaína, que se servían, en gran parte, de su bodega y repostería. En su salón de arriba, adornado con columnas y
terciopelo rojo, se dieron bailes importantes; años más tarde jugaban sus famosas partidas de ajedrez Pepe Vitoria y mi padre político,
don Alejandro Rivero, tarareando éste sin parar, mientras, cl himno de
Riego, y siendo ambos dos ases de ese juego, entonces. En su billar
hubo sensacionales partidas de desafío entre grandes jugadores, y
además, toda nuestra generación pasó jugando por aquella mesa.
Hubiese sido, pues, imperdonable no citar a esta colonia suiza tan
interesante y cuya labor tanto arraigo tuvo en nuestra Villa.